Los siguientes artículos expresan, de manera resumida y pública, las convicciones doctrinales sostenidas por Ministerios Jesús 24×7. No pretenden sustituir una declaración doctrinal normativa más amplia, sino presentar de forma clara las verdades principales que orientan nuestra enseñanza, nuestro ministerio y nuestra proclamación del Evangelio.
Creemos que la Biblia es la Palabra de Dios, que Cristo es el único Salvador, que Dios ofrece salvación a todo aquel que cree, que la iglesia debe vivir sujeta al Señor y a las Escrituras, y que toda la vida cristiana debe desarrollarse conforme al diseño de Dios.
I. La Biblia
Creemos que la Santa Biblia es la Palabra de Dios, escrita por hombres divinamente inspirados. Su inspiración es verbal y plenaria en los escritos originales; por ello, la Escritura es verdadera, inerrante, autoritativa y suficiente para revelar quién es Dios, mostrar el camino de salvación en Cristo y guiar al creyente en una vida que glorifique al Señor.
La Biblia es nuestra regla suprema de fe y conducta. Toda doctrina, práctica ministerial, enseñanza, consejo, decisión espiritual y forma de vivir debe ser examinada a la luz de la Palabra de Dios. Aunque la Escritura no da una respuesta específica a cada detalle de la vida cotidiana, sí nos revela la voluntad de Dios y nos da principios suficientes para vivir con sabiduría, obediencia y fidelidad al Señor. Por ello, debe ser interpretada conforme a su sentido literal, gramatical e histórico, considerando el contexto inmediato de cada pasaje y la enseñanza coherente de toda la Escritura.
Referencias bíblicas: Salmo 119:105; Juan 12:47–48; Juan 17:17; 1 Corintios 10:31; Colosenses 3:17; 2 Timoteo 3:16–17; 2 Pedro 1:20–21; Apocalipsis 22:18–19.
II. El Dios verdadero
Creemos que hay un solo Dios vivo y verdadero, Creador del cielo y de la tierra, santo, eterno, infinito, omnipotente, omnipresente, omnisciente, inmutable, soberano, justo, bueno, amoroso y digno de toda honra, obediencia, adoración y gloria.
Creemos que Dios existe eternamente en tres personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Estas tres personas son un solo Dios en esencia, iguales en gloria, perfección y naturaleza divina, aunque distintas en persona y obra. En perfecta armonía, el Dios trino crea, sostiene, gobierna, redime y consumará todas las cosas conforme a Su propósito.
Referencias bíblicas: Génesis 1:1; Deuteronomio 6:4; Salmo 139:1–12; Mateo 28:19–20; Hechos 4:24; Santiago 1:17; 1 Juan 4:7–10; Apocalipsis 19:6.
III. Jesucristo, el Hijo de Dios
Creemos que Jesucristo es el Hijo eterno de Dios, verdadero Dios y verdadero hombre. Fue concebido por el Espíritu Santo y nació de la virgen María. Sin dejar de ser Dios, se hizo hombre, vivió sin pecado, cumplió perfectamente la ley de Dios y reveló plenamente al Padre.
Creemos que Jesucristo murió vicariamente por nuestros pecados, fue sepultado y resucitó corporalmente al tercer día conforme a las Escrituras. Su muerte fue sustitutoria, propiciatoria, redentora y reconciliadora. Él ascendió al cielo, está a la diestra del Padre, intercede por los creyentes y volverá corporalmente para cumplir el programa de Dios.
Jesucristo es el único Salvador, el único Mediador entre Dios y los hombres, y el único camino al Padre.
Referencias bíblicas: Mateo 1:20–23; Juan 1:1–14; Juan 3:16–18; Juan 14:6; Hechos 4:12; Romanos 8:34; 1 Corintios 15:3–8; Filipenses 2:5–11; 1 Timoteo 2:5–6; 1 Pedro 3:18.
IV. El Espíritu Santo
Creemos que el Espíritu Santo es una persona divina, igual al Padre y al Hijo en esencia, gloria y poder. Él convence al mundo de pecado, de justicia y de juicio; ilumina por medio del Evangelio; glorifica a Cristo; regenera al pecador cuando cree; mora permanentemente en cada creyente; lo sella para el día de la redención; lo capacita para vivir en santidad y lo fortalece para testificar de Cristo.
Creemos que el Espíritu Santo obra mediante la Palabra de Dios, guía al creyente en obediencia, produce fruto espiritual y edifica a la iglesia. Su obra nunca contradice la Escritura ni sustituye la centralidad de Cristo.
Referencias bíblicas: Juan 3:3–8; Juan 16:8–14; Hechos 1:8; Romanos 8:9–16; 1 Corintios 3:16–17; 1 Corintios 12:12–13; Efesios 1:13–14; Efesios 4:30; Efesios 5:18–20; Gálatas 5:16–25.
V. El ser humano
Creemos que el ser humano fue creado por Dios a Su imagen y semejanza, con dignidad, valor, responsabilidad moral y capacidad real de responder delante de Él. Creemos que el ser humano fue creado integralmente por Dios, con espíritu, alma y cuerpo, y que toda su vida debe vivirse bajo el señorío del Creador.
Por causa de la caída, todas las personas nacen con una naturaleza inclinada al pecado, dentro de una humanidad corrompida y bajo las consecuencias reales del pecado. Por ello, todas pecan personalmente, se hacen culpables delante de Dios y quedan separadas de Él. Ningún ser humano puede salvarse por sus obras, religión, moralidad, mérito personal o esfuerzo propio.
Creemos que el pecado afectó también a la creación, de modo que el mundo presente gime bajo sus consecuencias. Sin embargo, el ser humano sigue siendo moralmente responsable delante de Dios por su pecado, su incredulidad y su respuesta al Evangelio.
Referencias bíblicas: Génesis 1:26–27; Génesis 2:7; Génesis 3:1–24; Isaías 59:2; Romanos 3:23; Romanos 5:12; Romanos 6:23; Romanos 8:19–23; 1 Tesalonicenses 5:23; Santiago 3:9; Santiago 4:17.
VI. La salvación
Creemos que la salvación es por gracia, mediante la fe en Jesucristo, y no por obras. Dios, por Su amor, tomó la iniciativa de proveer salvación para los pecadores por medio de la muerte y resurrección de Su Hijo. Cristo murió por los pecados de todos los seres humanos, y Dios ofrece salvación de manera sincera, abierta y suficiente a todo aquel que cree.
Creemos que la única condición establecida por Dios para recibir la salvación es la fe en la persona y obra de Jesucristo. La salvación no se gana, no se compra, no se hereda por tradición religiosa y no se recibe por obras humanas. Es un regalo de Dios que se recibe al creer en Cristo como Salvador.
Creemos que el único obstáculo final para la salvación es rechazar a Cristo en incredulidad. Dios ama a todos, Cristo murió por todos y provee salvación a todo el que cree.
Referencias bíblicas: Isaías 53:4–6; Juan 3:16–18; Hechos 16:31; Romanos 1:16–17; Romanos 3:21–26; Romanos 6:23; Efesios 2:8–10; Tito 3:4–7; Hebreos 9:11–15; 1 Juan 2:1–2; 1 Juan 4:9–10.
VII. Arrepentimiento y fe
Creemos que el arrepentimiento y la fe son inseparables en la respuesta del ser humano al Evangelio. El arrepentimiento es un cambio de mente producido al ser confrontado por la verdad de Dios: la persona reconoce su pecado, su culpa, su incapacidad de salvarse a sí misma, la justicia de Dios y la necesidad de Cristo como Salvador.
Creemos que la fe es confiar en Jesucristo, en Su persona y en Su obra redentora, como el único y suficiente Salvador. Aunque el arrepentimiento acompaña necesariamente a la fe verdadera, no lo entendemos como una segunda condición salvífica añadida a la fe. La salvación se recibe por la fe en Cristo, y esa fe no es una obra meritoria, sino la confianza del pecador en el mensaje del Evangelio: que Jesucristo murió por sus pecados, resucitó, y salva plena y eternamente a todo aquel que cree en Él.
Referencias bíblicas: Marcos 1:15; Juan 3:16; Juan 16:8–11; Hechos 2:38; Hechos 16:30–31; Hechos 20:21; Romanos 1:16–17; Romanos 3:23; Romanos 6:23; Romanos 10:9–17; Efesios 2:8–10.
VIII. La regeneración
Creemos que la regeneración es el nuevo nacimiento obrado por el Espíritu Santo en la persona que cree en Jesucristo. Por la regeneración, el creyente recibe vida espiritual, es hecho nueva criatura en Cristo y pasa de muerte a vida.
Creemos que la regeneración no ocurre antes ni aparte de la fe en el Evangelio. El Espíritu Santo obra por medio de la proclamación de la Palabra, convence al pecador y, cuando éste cree en Cristo, lo hace nacer de nuevo. Esta obra es completamente divina, no producida por esfuerzo humano, mérito religioso ni reforma moral.
Referencias bíblicas: Juan 1:11–13; Juan 3:3–8; Juan 5:24; Romanos 10:14–17; 2 Corintios 5:17; Gálatas 3:26; Tito 3:4–7; 1 Pedro 1:23; 1 Juan 5:1.
IX. La justificación
Creemos que la justificación es el acto de Dios por el cual declara justo al pecador que cree en Jesucristo. Esta justificación se basa únicamente en la obra redentora de Cristo y no en las obras, méritos o esfuerzos del ser humano.
Por la justificación, el creyente recibe el perdón de sus pecados, es reconciliado con Dios y entra en una relación de paz y favor delante de Él. La justicia que salva no procede del pecador, sino de Cristo, recibida por la fe.
Referencias bíblicas: Isaías 53:11; Hechos 13:38–39; Romanos 3:24–26; Romanos 4:5–8; Romanos 5:1; 2 Corintios 5:21; Gálatas 2:16; Filipenses 3:9.
X. La santificación
Creemos que la santificación es la obra de Dios por la cual el creyente es apartado para Él y conformado progresivamente a la imagen de Cristo. Esta obra comienza en la salvación, continúa durante la vida cristiana y será completada cuando el creyente sea glorificado.
La santificación incluye una separación creciente del pecado y una vida de obediencia al Señor. Es efectuada por el Espíritu Santo mediante la Palabra de Dios, la comunión con Cristo, la disciplina espiritual, la obediencia diaria y la vida en la iglesia.
Creemos que la santificación no es la base de la salvación ni el medio por el cual el creyente conserva su salvación, sino el fruto normal de una vida que ha sido salvada por gracia. Dios preserva eternamente al creyente, y el creyente es llamado a crecer en obediencia, santidad y semejanza a Cristo.
Referencias bíblicas: Salmo 4:3; Juan 17:17; Romanos 6:10–22; Romanos 8:5–13; Romanos 8:29; 1 Corintios 6:11; Filipenses 1:6; 1 Tesalonicenses 4:1–8; 1 Pedro 1:15–16; 1 Pedro 2:9–10.
XI. La seguridad eterna del creyente
Creemos que todo verdadero creyente posee vida eterna, permanece eternamente salvo y es preservado por Dios para siempre. La seguridad de la salvación descansa en la fidelidad de Dios, en la suficiencia de la obra de Cristo, en el sello del Espíritu Santo y en la promesa de vida eterna dada al que cree.
Creemos que el creyente puede tener certidumbre presente de su salvación, no por perfección personal, sino por la promesa de Dios. La vida cristiana debe mostrar fruto, corrección, crecimiento y perseverancia, pero la salvación no depende de la capacidad humana para sostenerse, sino del poder de Dios para guardar a los Suyos.
Referencias bíblicas: Juan 1:12–13; Juan 3:16–18; Juan 5:24; Juan 10:27–30; Romanos 8:28–39; Efesios 1:13–14; Filipenses 1:6; 2 Timoteo 1:12; 1 Juan 5:11–13; Judas 24–25.
XII. Las ordenanzas cristianas
Creemos que Cristo dejó a Su iglesia dos ordenanzas: el bautismo y la Cena del Señor. Estas ordenanzas no salvan, no comunican gracia salvadora por sí mismas y no sustituyen la fe personal en Cristo. Son actos de obediencia, testimonio, comunión y proclamación.
A. El bautismo
Creemos que el bautismo cristiano es la inmersión en agua de una persona que ya ha creído en Jesucristo como Salvador, realizada en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, como testimonio público de su fe y, ordinariamente, en comunión con la iglesia local.
El bautismo simboliza la identificación del creyente con la muerte, sepultura y resurrección de Cristo. Es un testimonio público de la fe en Cristo y de la nueva vida recibida por gracia. El bautismo no salva, pero todo creyente debe obedecer al Señor dando este paso.
Referencias bíblicas: Mateo 28:19–20; Hechos 2:41; Hechos 8:36–39; Romanos 6:3–5; Colosenses 2:12.
B. La Cena del Señor
Creemos que la Cena del Señor es la ordenanza por la cual la iglesia recuerda y anuncia la muerte de Cristo hasta que Él venga. El pan representa Su cuerpo entregado por nosotros, y la copa representa Su sangre derramada por nuestros pecados.
La Cena del Señor debe practicarse con reverencia, gratitud, examen personal y comunión de la iglesia. Deben participar de ella aquellos que han confiado en Jesucristo como su Salvador, han sido bautizados por inmersión en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, y caminan en comunión responsable con el Señor y con Su iglesia.
Referencias bíblicas: Mateo 26:26–30; Hechos 2:41–42; 1 Corintios 10:16–17; 1 Corintios 11:20–34.
XIII. La iglesia
Creemos que la Iglesia universal está compuesta por todos los verdaderos creyentes en Jesucristo, unidos a Él por el Espíritu Santo. Cristo es la Cabeza de la Iglesia, Su Salvador, Señor y máxima autoridad.
Creemos que una iglesia local es una congregación de hombres y mujeres nacidos de nuevo, discípulos del Señor Jesucristo, que han puesto su fe en la persona y obra de Cristo para el perdón de sus pecados y su salvación, y que han dado el primer paso público de obediencia al ser bautizados. Como familia espiritual bajo el señorío de Cristo, guiada por el Espíritu Santo y sujeta a la Escritura, la iglesia local se reúne para adorar a Dios, proclamar y aprender la Palabra, celebrar las ordenanzas, orar, vivir en comunión fraternal, servir, cuidar a sus miembros, ejercer los dones espirituales, hacer discípulos y anunciar el Evangelio. Su vida debe expresar la fe en Cristo no sólo en reuniones formales, sino en cada aspecto de la vida.
Creemos que los únicos oficios bíblicos de la iglesia local son los pastores, también llamados ancianos en el Nuevo Testamento, y los diáconos. Los pastores guían, enseñan y cuidan espiritualmente a la iglesia; los diáconos sirven atendiendo necesidades prácticas; y cada creyente participa activamente en la edificación del cuerpo conforme a los dones que ha recibido de Dios.
Creemos que Israel y la Iglesia son distintos en el programa de Dios. La Iglesia no reemplaza a Israel, aunque ambos encuentran su centro y consumación en Cristo conforme al plan divino.
Referencias bíblicas: Mateo 16:18; Mateo 28:19–20; Hechos 2:41–47; Hechos 6:1–7; 1 Corintios 12:12–27; Efesios 1:22–23; Efesios 4:11–16; Colosenses 1:18; 1 Timoteo 3:1–13; Tito 1:5–9; 1 Pedro 4:10–11.
XIV. La resurrección
Creemos en la resurrección corporal de Jesucristo. Su resurrección confirma Su identidad como Hijo de Dios, demuestra la suficiencia de Su obra redentora y garantiza la resurrección futura de los creyentes.
Creemos que habrá resurrección corporal de justos e injustos. Los creyentes resucitarán para vida, gloria y comunión eterna con el Señor. Los incrédulos resucitarán para juicio y condenación eterna. Esta esperanza debe mover al creyente a vivir con fidelidad, santidad y expectativa.
Referencias bíblicas: Lucas 24:36–43; Juan 5:28–29; Hechos 1:9–11; 1 Corintios 15:12–58; 1 Tesalonicenses 4:13–18; Apocalipsis 20:4–15.
XV. Satanás
Creemos que Satanás es un ser creado, personal, real y maligno. Es el adversario de Dios, el acusador de los hermanos, el padre de mentira, el engañador de las naciones y homicida desde el principio.
Creemos que su poder es real, pero limitado por Dios. Satanás fue derrotado por Cristo en la cruz, será atado durante el Reino Milenial y finalmente será lanzado al lago de fuego para castigo eterno. El creyente debe resistirlo firme en la fe, revestido de la armadura de Dios y sometido al Señor.
Referencias bíblicas: Job 1:6–12; Isaías 14:12–17; Ezequiel 28:11–19; Juan 8:44; 2 Corintios 4:4; Efesios 6:10–18; 1 Pedro 5:8–9; Apocalipsis 12:7–10; Apocalipsis 20:1–3, 7–10.
XVI. Arrebatamiento, tribulación y segunda venida
Creemos que Jesucristo volverá corporalmente, de manera visible, personal y gloriosa. Antes de Su regreso visible a la tierra, los creyentes serán arrebatados para encontrarse con el Señor en el aire. Sostenemos una esperanza premilenial y pretribulacional: Cristo arrebatará a Su iglesia antes del periodo de tribulación que vendrá sobre la tierra.
Creemos que después de la Tribulación, Cristo volverá con poder y gloria para juzgar a las naciones, derrotar al mal, cumplir las promesas hechas a Israel y establecer Su Reino Milenial literal sobre la tierra. Esta esperanza no debe producir especulación vana, sino fidelidad, vigilancia, consuelo y obediencia.
Referencias bíblicas: Mateo 24:29–31; Juan 14:1–3; Hechos 1:9–11; 1 Tesalonicenses 4:13–18; 1 Tesalonicenses 5:1–11; 2 Tesalonicenses 1:6–10; Apocalipsis 1:7; Apocalipsis 3:10; Apocalipsis 19:11–21; Apocalipsis 20:1–6; Apocalipsis 22:20.
XVII. El Tribunal de Cristo y el juicio final
Creemos que todos los creyentes comparecerán ante el Tribunal de Cristo. Este juicio no será para condenación, porque el creyente ha sido salvo por gracia, sino para evaluación y recompensa de sus obras, servicio, fidelidad y motivaciones.
Creemos que todos los incrédulos comparecerán ante el juicio del Gran Trono Blanco. Allí serán juzgados conforme a sus obras y, al no estar inscritos en el libro de la vida, serán condenados al lago de fuego. Esta verdad afirma la justicia de Dios y la urgencia de proclamar el Evangelio.
Referencias bíblicas: Romanos 14:10–12; 1 Corintios 3:11–15; 2 Corintios 5:10; Mateo 25:41, 46; Apocalipsis 20:11–15; Apocalipsis 21:8.
XVIII. El cielo y el lago de fuego
Creemos que el destino eterno del creyente es estar con el Señor para siempre. El creyente que muere está con Cristo, en espera de la resurrección corporal y de la consumación final del plan de Dios. Nuestra esperanza no termina en un estado espiritual indefinido, sino en la victoria final de Cristo, cuando nuestros cuerpos sean resucitados y glorificados, y vivamos para siempre con el Señor en el cielo nuevo y la tierra nueva, la nueva creación donde morará la justicia.
Creemos que el lago de fuego es el destino eterno de Satanás, sus ángeles y todos los que rechazan a Cristo en incredulidad. El castigo eterno es real, consciente y justo. Por esta razón, proclamamos con urgencia que Jesucristo salva a todo aquel que cree.
Referencias bíblicas: Juan 14:1–3; 2 Corintios 5:6–8; Filipenses 1:21–23; 1 Tesalonicenses 4:13–18; 2 Pedro 3:13; Apocalipsis 20:10–15; Apocalipsis 21:1–8; Apocalipsis 22:1–5.
XIX. La familia
Creemos que la familia fue diseñada por Dios desde la creación. El matrimonio es la unión exclusiva, permanente y pactual entre un hombre y una mujer, y debe reflejar fidelidad, amor, pureza, servicio y compromiso delante de Dios.
Creemos que hombres y mujeres fueron creados a imagen de Dios, iguales en dignidad, valor e importancia, pero con roles distintos y complementarios conforme al diseño divino. Sostenemos una posición complementarista, rechazando tanto la confusión de roles como cualquier forma de abuso, desprecio o dominio pecaminoso.
Creemos que los padres tienen la responsabilidad principal de instruir a sus hijos en la Palabra de Dios, modelar una vida de fe y criarles en disciplina y amonestación del Señor. La iglesia debe fortalecer a las familias, acompañarlas pastoralmente y enseñarles a vivir conforme al diseño de Dios.
Referencias bíblicas: Génesis 1:26–28; Génesis 2:18–25; Deuteronomio 6:4–9; Salmo 127:3–5; Mateo 19:4–6; Efesios 5:22–33; Efesios 6:1–4; Colosenses 3:18–21; 1 Pedro 3:1–7.
Última revisión: mayo de 2026
